Por Claudia Arroyo

Hay noticias que no solo informan. Sacuden. Rompen algo adentro.

Al escuchar las revelaciones de Dolores Huerta sobre décadas de abuso y silencios que duraron toda una vida, sentí un nudo en el pecho. No solo por lo que se dice, sino por todo lo que se confirma. Por todo lo que muchas ya sabíamos, aunque no siempre tuviéramos palabras, espacio o permiso para nombrarlo.

Esta mañana hablé con mi hijo. Mañana cumple 12 años. Apenas dos días antes de que se publicara todo esto, en su escuela estaban viendo la historia de César Chávez y el movimiento de los farm workers. Con los ojos abiertos y, tratando de procesarlo, me dijo: “¡Qué loco!”. Pero no era solo asombro infantil; en esa frase había incredulidad, sorpresa y un cuestionamiento profundo: “¿Cómo puede pasar esto?” Era la mirada de una generación que inicia, lista para recibir la lucha de quienes le precedieron, con la capacidad de aprender de lo bueno y cuestionar lo que estuvo mal.

¿Cómo le explicas a un niño que alguien puede luchar por la dignidad de un pueblo y, al mismo tiempo, fallar profundamente en la dignidad de las mujeres? No es fácil, pero es absolutamente necesario.

Hablamos de todo: de los logros del movimiento, sí, pero también de los silencios, de las omisiones, del dolor. Hablamos de ellas. De todas las Dolores Huerta que existen en silencio. De todas las mujeres que son acalladas, ignoradas, minimizadas. De las que sostuvieron movimientos enteros mientras sus propias voces eran relegadas. De las que sobrevivieron. De las que no.

Porque sí. Yo también soy una de ellas.

Soy sobreviviente. Y durante muchos años también callé. Sé, en el cuerpo y en la memoria, lo que significa el silencio. Para muchas personas, ese silencio es inconcebible. Pero no lo pueden entender porque no han estado ahí. El silencio no es debilidad. Es, muchas veces, supervivencia.

Cuando una mujer habla después de 60 años, no llega tarde. Llega cuando puede. Llega cuando es seguro. Llega cuando su voz encuentra un camino. Y cuando una habla, hablamos todas.

Desde Prospera lo vemos todos los días. Somos una comunidad, sí, pero también un movimiento. Un espacio donde las mujeres nos encontramos, nos reconocemos, nos creemos. Donde lo que una nombra resuena en otra. Donde el acto de acompañarnos se vuelve una forma de sanar. Ahí, en ese tejido colectivo, recordamos que somos dignas, que somos merecedoras, que nuestras historias importan.

Y entendemos algo más profundo: las luchas no pueden ser parciales. No podemos levantar la voz solo por algunos y dejar a otros fuera. No podemos hablar de justicia sin hablar de género, de migración, de clase, de raza. No podemos repetir los mismos patrones de exclusión dentro de los movimientos que dicen combatirla. Porque eso también es violencia. Y eso también tiene consecuencias.

Hoy más que nunca necesitamos conversaciones incómodas. Necesitamos criar hijos e hijas con conciencia, con capacidad de cuestionar, de sentir, de empatizar. Con claridad de que ser hombre no implica dominar, sino acompañar. No implica imponerse, sino respetar.

Yo estoy criando a un niño para que sea un hombre distinto. Un hombre presente, libre, solidario. Un hombre que no necesite el silencio de las mujeres para sentirse fuerte.

Hoy quiero expresar mi solidaridad profunda con Dolores Huerta, Ana Murguía, Debra Rojas y con todas las mujeres que, como ellas, han cargado historias difíciles en silencio. Con todas las que hoy están encontrando su voz. Con todas las que todavía no pueden, pero algún día podrán.

Este es el momento de hablar.
Este es el momento de escucharnos.

Este es el momento de creernos.
Este es el momento de hacer las cosas diferentes.

Porque la lucha es siempre válida.
Porque la dignidad sigue siendo urgente.
Y porque ahora sabemos algo que ya no podemos ignorar: no hay justicia verdadera si no es para todas.

Claudia Arroyo – Directora Ejecutiva de Prospera

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